Noche de terror en Los Pinos

Era una noche oscura y tormentosa, la lluvia caía con fuerza sobre el pequeño pueblo de Los Pinos. La lluvia golpeaba con fuerza las viejas ventanas de la casa de la familia Hernández, haciendo que el viento ululara a través de las grietas de las paredes.

Los Hernández eran una familia de pocos recursos, pero muy unida. La madre, María, era una mujer fuerte y valiente que se encargaba de cuidar a sus dos hijos, Juan y Sofía, después de que su esposo falleciera en un trágico accidente años atrás.

Aquella noche, la familia Hernández se encontraba reunida en la sala de su casa, tratando de mantenerse a salvo del mal tiempo que azotaba el pueblo. Sin embargo, algo extraño comenzó a suceder. La temperatura de la habitación comenzó a descender, dejando ver el aliento de la familia mientras conversaban.

De repente, un ruido metálico resonó por toda la casa, haciendo que María se levantara de un salto del sofá. Con paso decidido, se acercó a la cocina, de donde parecía provenir el ruido. Al abrir la puerta, se encontró con una escena macabra: todas las ollas y sartenes de la cocina estaban en el suelo, como si alguien las hubiera tirado con fuerza.

María gritó de espanto, llamando a sus hijos para que acudieran a su lado. Juan y Sofía llegaron corriendo, pero antes de que pudieran decir una palabra, las luces de la casa comenzaron a parpadear intermitentemente. La radio que estaba en la mesa comenzó a emitir un zumbido extraño, como si alguien estuviera tratando de comunicarse a través de ella.

Sin pensarlo dos veces, la familia Hernández decidió abandonar la casa, creyendo que estaban siendo víctimas de una broma de mal gusto. Sin embargo, al abrir la puerta principal, se dieron cuenta de que estaban atrapados. Una densa niebla había aparecido de la nada, rodeando la casa y ocultando cualquier rastro de vida en los alrededores.

Entre gritos de horror, la familia Hernández intentó encontrar una salida, pero parecía que estaban atrapados en una pesadilla sin fin. La casa comenzó a temblar, como si estuviera siendo sacudida por una fuerza sobrenatural. Los muebles se movían solos, las puertas se cerraban con fuerza y un frío intenso invadía el lugar.

De repente, una figura oscura apareció en medio de la sala. Era un hombre alto y delgado, con un sombrero de copa y un abrigo negro que parecía flotar en el aire. Sus ojos brillaban con una luz malévola y su sonrisa siniestra heló la sangre de la familia Hernández.

El hombre comenzó a reír, una risa macabra y estremecedora que resonaba en toda la casa. Con voz grave y gutural, les advirtió a los Hernández que su hogar ahora pertenecía a él y que nunca más podrían abandonarlo. La familia estaba aterrorizada, pero sabían que debían luchar por sus vidas.

María tomó a sus hijos de la mano y, con valentía, desafió al extraño ser. Con voz firme, le dijo que no permitiría que su familia fuera aterrorizada y que haría todo lo posible por proteger a sus hijos. El hombre soltó una carcajada siniestra y desapareció en la neblina, dejando a la familia Hernández exhausta y temblorosa.

Después de aquella noche terrorífica, la familia Hernández decidió abandonar su hogar y mudarse a otro pueblo. Jamás volvieron a hablar de lo sucedido, pero cada uno guardaba en su corazón el recuerdo de aquella noche de terror que los había unido más que nunca. Y aunque nunca volvieron a ver al misterioso hombre en el sombrero de copa, sabían que la oscuridad siempre acechaba en las sombras, esperando volver a sembrar el terror en los corazones de los inocentes.

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